RESPUESTA AL PROFESOR COMBELLAS

Estimado Profesor,

He leído —y releído— su artículo[1] con la atención que se reserva a quienes no solo enseñan, sino que forman criterio. Sus reflexiones sobre la relectura y, en particular, sobre el retorno a Maquiavelo como lente para comprender la coyuntura venezolana, confirman una vez más que los clásicos no envejecen: somos nosotros quienes cambiamos de preguntas.

Permítame, desde la condición de discípulo y con el mayor respeto a su autoridad académica, añadir algunas consideraciones que su texto suscita y que, creo, dialogan naturalmente con su planteamiento.

Maquiavelo suele ser leído —y con frecuencia mal leído— como un apologista del cinismo político. Sin embargo, como usted sugiere, su obra es ante todo un esfuerzo por entender el poder en contextos de ruptura, cuando el orden se fragmenta y la supervivencia política precede a cualquier proyecto normativo. En ese sentido, El Príncipe resulta particularmente esclarecedor para sociedades que, como la venezolana, no transitan una normalidad institucional, sino una prolongada excepcionalidad administrada.

Su referencia a la virtú es especialmente iluminadora. Tal vez convenga subrayar que esta no equivale a virtud moral, sino a capacidad estratégica, a la aptitud de leer el terreno, reconocer los límites y actuar conforme a la variabilidad de las circunstancias. En contextos de presión interna y externa, la coherencia ideológica cede terreno frente a la adaptabilidad, y es allí donde la virtú se expresa con mayor crudeza.

Asimismo, la Fortuna que Maquiavelo describe adquiere hoy una dimensión claramente internacional. Las decisiones de los gobernantes ya no se explican únicamente por dinámicas domésticas, sino por un entorno global volátil que condiciona márgenes de acción. Leer correctamente esa Fortuna —no desafiarla frontalmente cuando es adversa, aprovecharla cuando se muestra propicia— se convierte en una habilidad política indispensable.

Su reflexión también invita a distinguir, aunque sea incómodamente, entre permanecer en el poder y gobernar. Maquiavelo parte de una premisa dura pero realista: sin la conservación del control, no hay posibilidad alguna de ordenar, reformar o proyectar futuro. En momentos críticos, esa prioridad explica decisiones que, descontextualizadas, parecen erráticas, pero que responden a una lógica de supervivencia política.

Finalmente, la idea del “nuevo ropaje” con el que se arriba a puerto recuerda una enseñanza central del florentino: los hombres juzgan más por lo que ven que por lo que es. El cambio de formas, de lenguaje o de alianzas puede resultar más eficaz que las transformaciones sustantivas cuando se busca estabilidad en sociedades agotadas. No se trata necesariamente de engaño, sino de administración de percepciones.

Releer a Maquiavelo, como usted lo hace, no implica adhesión moral ni justificación, sino un ejercicio de lucidez. En tiempos de confusión, comprender la lógica del poder suele ser más fecundo que condenarla sin entenderla. Y en esa tarea, la guía de los maestros —y de los clásicos que ellos nos enseñan a releer— sigue siendo indispensable.

Por otra parte estimado profesor, le manifiesto que “el Arte de la guerra” de Sun Tzu y “el Príncipe de Maquiavelo”, tienen sitio fijo en mi mesa de noche y han marcado siempre el norte de mi esquema geopolítico y estratégico.

A mi manera de ver, la relectura de Maquiavelo puede enriquecerse, además, releyendo el pensamiento de Sun Tzu, no como contraste sino como complemento. Si el florentino disecciona el arte de conquistar y conservar el poder en contextos de inestabilidad interna, el estratega chino ilumina la lógica del conflicto prolongado, donde la inteligencia, el tiempo y la percepción pesan tanto como la fuerza. Ambos comparten una visión realista de la naturaleza humana y del ejercicio del poder: Maquiavelo desde la virtú que se adapta a la Fortuna; Sun Tzu desde la supremacía del cálculo, la información y la capacidad de vencer sin combatir. Leídos en conjunto, ofrecen una clave de interpretación particularmente fecunda para comprender coyunturas en las que la supervivencia política depende menos de gestos épicos que de la administración prudente del riesgo, del desgaste y de las oportunidades.

Mientras Maquiavelo escribe desde la realidad del poder ya en disputa, Sun Tzu se sitúa un paso antes: en la fase donde la inteligencia, la percepción y el cálculo evitan que la confrontación se vuelva destructiva.

Su máxima —“la suprema excelencia consiste en vencer sin combatir”— es clave para leer coyunturas donde la fuerza abierta sería costosa o inviable.

En el caso venezolano, esto resulta útil para entender el porqué de negociaciones indirectas, de concesiones tácticas sin rendición estratégica y del uso del tiempo en vez de las armas.

Cuando Sun Tzu afirma: “toda guerra se basa en el engaño”. Esto no debe leerse como apología de la mentira, sino como gestión de información, ambigüedad y percepción. Aquí converge con Maquiavelo: ambos entienden que los actores políticos no operan en un mundo de transparencia total, sino de señales, silencios y movimientos calculados.

La célebre máxima de Sun Tzu:

“Si conoces al enemigo y te conoces a ti mismo, no debes temer el resultado de cien batallas”

es extraordinariamente actual. Aplicada a la coyuntura venezolana, ya que implica reconocer límites propios (económicos, militares, sociales), comprende la naturaleza real del adversario (intereses, no discursos) y evita lecturas voluntaristas o moralizadas del conflicto. Aquí Sun Tzu corrige un riesgo maquiaveliano: el exceso de confianza en la virtú sin una evaluación constante del terreno.

Sun Tzu subraya que ningún conflicto externo puede sostenerse si el orden interno colapsa. Disciplina, cohesión y control son previos a cualquier maniobra. Esto dialoga directamente con Maquiavelo: conservar el poder no es un fin moral, sino una condición operativa.

Maquiavelo y Sun Tzu no rivalizan, sino que son capas distintas. Maquiavelo explica cómo se conquista y conserva el poder político. Sun Tzu explica cómo se sobrevive y maniobra en escenarios de confrontación prolongada. Ambos comparten una antropología realista: el hombre actúa por interés, temor y cálculo.

Leídos juntos, ofrecen una gramática completa de la crisis del poder.

Para finalizar, lógicamente, este ejercicio de relectura sugiere finalmente, que la comprensión de la coyuntura actual no se agota en un solo autor ni en una única tradición intelectual. Vale la pena, por ello, ampliar el horizonte analítico hacia otros pensadores que permiten completar el cuadro. Desde Clausewitz, entendemos que la coerción —militar, económica o diplomática— no constituye una anomalía, sino la prolongación de la política por otros medios. Con Schmitt, reconocemos que en contextos de crisis la esencia del poder reside en la capacidad de decidir, incluso —y sobre todo— cuando el orden normativo entra en suspensión. Weber y Bourdieu, por su parte, permiten comprender que ningún poder se sostiene únicamente por la fuerza, sino por la legitimidad que logra producir y por la gestión eficaz de las percepciones que lo rodean. Finalmente, el realismo de Morgenthau y Mearsheimer sitúa estas dinámicas en un sistema internacional regido menos por principios abstractos que por intereses, equilibrios de poder y cálculos de supervivencia.

No se debe pasar por alto la obra y el pensamiento de Henry Kissinger, ya que aportan una clave adicional para comprender esta coyuntura desde una perspectiva histórica y estratégica. Su énfasis en el orden internacional, el equilibrio de poder y la legitimidad entre actores permite entender por qué, en determinados momentos, la estabilidad y la previsibilidad son priorizadas sobre transformaciones inmediatas. Kissinger recuerda que los sistemas políticos —internos y externos— se sostienen no solo por la fuerza, sino por el reconocimiento mutuo y la administración prudente del conflicto, donde el tiempo, la gradualidad y la evitación de la humillación del adversario resultan decisivos. Esta mirada, más trágica que moralista, completa el marco realista al situar las decisiones políticas en un horizonte de largo plazo, marcado por límites, riesgos y elecciones imperfectas.

Leídas en conjunto, estas perspectivas no ofrecen certezas reconfortantes, pero sí una mayor lucidez para interpretar un tiempo marcado por la presión, la adaptación y la incertidumbre.

Con respeto y gratitud,

Un discípulo

JULIO ALBERTO PEÑA ACEVEDO

Caracas, 16 de febrero de 2026


[1] https://www.elnacional.com/2026/02/releyendo-a-maquiavelo/#

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1 Response to RESPUESTA AL PROFESOR COMBELLAS

  1. Avatar de JUALPEAC JUALPEAC dice:

    Una pequeña anécdota de mis años mozos, que marcó un antes y después de mi pensamiento geopolítico.

    En los años ochenta, mientras estudiaba estrategia naval, un ilustre y querido profesor nos planteó una pregunta que entonces parecía casi absurda: ¿cómo influye el pensamiento de Sun Tzu en una guerra atómica? No buscaba una respuesta técnica, sino obligarnos a pensar los límites mismos de la estrategia.

    Ciertamente no recuerdo mi respuesta, pero a partir de ese día, comencé una interesante relación académica con el Capitán de Navío De Pedraza, profesor de la cátedra, que luego se convirtió en una sólida amistad.

    Con el tiempo comprendí la paradoja. Sun Tzu concibe la guerra como un instrumento racional al servicio de un objetivo político. La guerra nuclear, en cambio, amenaza con anular ese objetivo al poner en riesgo la supervivencia misma del Estado. Allí, la victoria deja de ser operativa y la guerra se vuelve negación de la política.

    Y, sin embargo, Sun Tzu sigue siendo relevante precisamente por eso. No en el uso del arma atómica, sino en su no utilización. Su principio de vencer sin combatir encuentra en la disuasión nuclear su expresión extrema: la amenaza sustituye a la acción, el cálculo reemplaza al choque y la guerra existe como posibilidad permanente, no como ejecución.

    También el engaño adquiere otra escala: ya no es maniobra táctica, sino ambigüedad estratégica. Capacidades no del todo reveladas, líneas rojas imprecisas y señales calculadas sostienen una estabilidad frágil, fundada más en la incertidumbre que en la fuerza.

    Décadas después, entiendo que aquella pregunta era una lección de fondo: la estrategia no trata solo de cómo ejercer el poder, sino de reconocer hasta dónde no debe ejercerse. Tal vez por eso Sun Tzu sigue siendo leído en la era nuclear: no para justificar la guerra total, sino para explicar por qué hay guerras que nunca deben librarse.

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