La necesidad compulsiva de ser el «heraldo de las obviedades» es uno de los fenómenos más delirantes de la era digital.
El síndrome del «Descubridor de la Pólvora» en WhatsApp
Es fascinante vivir en una época donde la tecnología avanza a pasos agigantados, pero la psicología humana se queda estancada en el feudalismo. Me quito el sombrero ante esos seres de luz que habitan en los grupos de WhatsApp —digamos, uno dedicado al avistamiento de mariposas monarca— y que, en un despliegue de generosidad cognitiva, deciden romper su silencio para informarnos quién ganó las elecciones en Colombia o qué tuiteó Trump sobre el estrecho de Ormuz.
Qué haríamos sin ellos. Viviríamos en la absoluta ignorancia, desconectados del «mundo mundial», esperando a que nuestras mentes limitadas descifren el internet. Suponen, en su infinita genialidad, que son los únicos con acceso a la luz eléctrica y a un portal de noticias. Lo más tierno es que, en su mayoría, ni siquiera se gastan una neurona en analizar, opinar o aportar un elemental punto de vista; su gloriosa función social es el copy-paste.
Me los imagino en los años 80, sudando la gota gorda, recortando el periódico físico para mandarlo por correo postal a nuestras casas con una nota que dijera: «De nada, analfabetos, aquí les traigo la primicia». El trasfondo psicológico no es la filantropía informativa; es el tierno y desesperado grito de un ego que necesita sentirse el primero en llegar, aunque esté llegando a una fiesta donde ya todos están borrachos.
Gracias por existir, «iluminados» de WhatsApp
Quiero expresar mi más profundo agradecimiento a esos miembros de grupos temáticos que asumen que el resto de los integrantes vivimos en una cueva neandertal sin cobertura 5G. Es verdaderamente conmovedor que en un chat de costura o de autos clásicos, alguien sienta el deber cívico de lanzar un «tubazo» sobre geopolítica internacional.
¿Cuál será el misterio psicológico detrás de esta compulsión por repetir lo que ya está en la sopa? ¿Pensarán que su pantalla de teléfono tiene un internet más rápido o más inteligente que el nuestro? Compartir la noticia del momento sin emitir un solo comentario propio no es informar, es cacarear. Si al menos nos honraran con —así sea elemental—un análisis geopolítico … pero no, la “genialidad” solo les da para el reenvío masivo. En el siglo pasado habrían quebrado comprando diarios para repartirlos en nuestras oficinas creyéndose los dueños de la imprenta. Por favor, continúen iluminando nuestra corta mente; no sabríamos qué hacer con tanta ignorancia.
Agradezco profundamente la primicia geopolítica de algunos miembros de los grupos en que me integro, tratando de estar informado del tema que los formó. Es un alivio saber que, si colapsan todas las agencias de noticias del planeta, las alertas de Google y las redes sociales al mismo tiempo, siempre contaremos con vuestra “genialidad” para enterarnos de lo que todo el mundo ya sabe desde hace tres horas. Qué gran viaje al siglo pasado, cuando la gente descubría la pólvora todos los días.
El trasfondo psicológico (sin sarcasmo) sobre qué hay detrás: es ansiedad de estatus digital y dopamina barata.
- El «sesgo del pionero»: Al ver la noticia en su pantalla —RESULTADOS ELECCIONES COLOMBIA 2026, EN VIVO—, en mayúsculas para darle más emoción y realismo, su cerebro experimenta la ilusión de que él la descubrió. Reenviarla inmediatamente le da una falsa sensación de poder e importancia (el «efecto heraldo»).
- Incapacidad analítica: Como no tienen la capacidad o el tiempo de procesar y opinar, usan el contenido de otros como un vehículo para decir «mírenme, estoy aquí, soy un ser informado». Es el equivalente digital a levantar la mano en clase aunque no te sepas la respuesta.
Reflexión Final: El Naufragio de la Sustancia
Al final del día, este fenómeno nos deja una certeza amarga: estamos viviendo el naufragio de la sustancia a manos de la inmediatez. Hemos desvirtuado la verdadera naturaleza de los espacios de encuentro. Un grupo social en la red debería ser un puerto de convergencia, un espacio diseñado para estrechar lazos familiares, amalgamar conocimientos comunes y cultivar ideas positivas que sumen, no un megáfono para la redundancia.
Para enterarnos del acontecer diario ya existen los medios de comunicación; para desmenuzar la realidad y darle contexto a los acontecimientos, están los expertos y los académicos en sus respectivas áreas. Zapatero a su zapato.
Sin embargo, el vacío de pensamiento crítico ha bendecido el surgimiento de una de las mayores ironías de nuestra era: los llamados influencers. Por lo general, muy jóvenes, carentes de la más mínima profundidad analítica o bagaje vivencial, pero dotados de un alarmante poder de manipulación de masas. Es el reino de los ciegos guiando a los invidentes; audiencias tan o más ignorantes que el emisor, que validan como «cátedra» lo que no es más que simple audacia cosmética y ganas de figurar.
Mientras la sociedad confunda el volumen de seguidores con la autoridad intelectual, seguiremos padeciendo a los «iluminados» del reenvío masivo en los chats de WhatsApp y a los gurúes de pantalla en las redes sociales. Nos urge rescatar el sano criterio de que la verdadera conexión humana no se mide en clics, sino en la calidad y el respeto de lo que compartimos.
JULIO ALBERTO PEÑA ACEVEDO
Caracas, 22 de junio de 2026


