Regional En los torbellinos del Esequibo. #SectorAcuatico

Sobre la misma tierra

– Lun 10/10/2011 | 12:00 am

Entre montes y aguas las dos banderas ondean a un solo viento
Venezuela y Guyana comparten orillas del impetuoso Barima en propio suelo Esequibo, pedazo de geografía nuestra cercenada en 1899 por el imperialismo inglés.
Aquí se deslindaron los límites de la Patria tras la farsa jurídica de París. Ahora, la zona irredenta permanece dividida y olvidada.
Estamos en la línea absurda que se trazó en el Laudo del despojo para separar nuestra Guayana Esequiba.
A un lado, desde una amplia casa de madera con techos de asbesto, especie de atalaya en palafito, vigilan desafiantes dos soldados y tres policías guyaneses, armados con fusiles y ametralladoras.
Al otro extremo, en una casucha de tablas, atisba un comisario civil venezolano, sin placa ni revólver. En el puesto militar guyanés, flamea un reluciente pabellón de la República independiente cooperativista, triángulo rojo y amarillo sobre fondo verde.
Al costado de la oficina de inmigración fronteriza, funcionan dos plantas eléctricas y un equipo portátil de transmisión, antenas dirigidas a Morajuana, Charity y Georgetown. Y en la sala de espera, cerca de un inmenso retrato en blanco y negro (60×45 cms) de Linden Forbes Sampson Burham, se mantiene empotrada a la pared de madera, una caja fuerte inglesa, todavía precintada con la insignia monárquica.
En la alcabala venezolana, techos de zinc desvencijados, oscila una divisa tricolor descolorida, afincada en un asta de palo a los tablones del destartalado atracadero.
Y en el derruido recibo, como único símbolo de soberanía, se adosó con almidón junto a la puerta, una pequeña fotografía a colores (5×7 cms) del Presidente Luis Herrera Campíns, recortada de un afiche de la campaña electoral.
Sobre la misma tierra en reclamación, los límites frente a Guayana Esequiba también están desprotegidos.
II
Desde la Boca de Amacuro a la Línea

Más abajo del delta fluvial infinito donde se desparrama El Orinoco, al sur de la isla de Corocoro y Punta Playa, está la Línea.
Hay que vadear la Boca de Amacuro, enfrentar las corrientes turbulentas de la barra que forma el río grande en su desembocadura al Atlántico, para llegar a la franja divisoria de nuestra Guayana Esequiba.
Es una región selvática, inhóspita -casi agua de monte a monte como describió una vez Rómulo Gallegos estos parajes remotos de Amacuro- con temperatura promedio de 28 grados y lluvias incesantes todo el año.
Perdida en el confín de la Patria, yace olvidada por la mayoría de los venezolanos.
— Aquí fue donde tuvo que devolverse el diablo— y Lino Antonio Rodríguez, pescador de Sacupana, ahora timonel de la lancha que nos cruza sobre el Barima, suelta resignado la imprecación. —.Esto siempre lo han tenido muy abandonado.
En este momento, hay unas 400 personas aposentadas en las riberas pantanosas del río. Casi todos han emigrado desde Guyana, en su mayoría comerciantes y agricultores descendientes de hindúes y portugueses.
Habitan casas y ranchos dispersos, monte adentro o a las riberas de las aguas. Conviven con unos cuantos pescadores y campesinos venezolanos, algunos indios guaraos.
— Esto comenzó a llenarse de gente, así de repente — con voz cansada, los pies al suelo, el comisario Pedro Henríquez Barana, de 64 años, 6 hijos y 2 nietos, quien “vino a aventurar al Delta de muchachito desde San Fernando de Atabapo”, trata de abreviar la historia. —.Dicen que allá en Guyana hay hambre y desempleo, que la cosa política anda a las patadas y el asunto como que no es cuento. Los morenitos uniformados de enfrente, están muy alzados. Le meten requisa hasta el tuétano a cuanto venezolano pasa a Morajuana. En cambio por aquí suben muy orondos los guyaneses. Ni siquiera nos saludan—.
El comisario de la Línea, única autoridad en el lado venezolano, reniega ante su impotencia y falta de apoyo en la distante frontera. Sin armas ni carnet. Ni jerarquía.
III
Por allí andan los cubanos.

La casa de tablas de la Comisaría en La Línea la construyeron en época del presidente Raúl Leoni.
En principio, pensó destinarse como puesto de la Guardia Nacional ante la presencia de soldados británicos en el palafito fronterizo. Sin embargo, nunca fue asiento militar venezolano.
—Y mire que hace falta vigilar todo esto— al comisario le inquieta la tensión en la frontera. —. Se hablan muchas cosas por el río. Lo último, dizque vinieron bastantes cubanos en un avión a chorro, que algunos andan por Com-pound y Komaka. Vaya a saber uno.
Henríquez Barana lleva dos años en la Comisaría. Le gusta su oficio. Pero se siente “apocapado” como afirma a veces, por la poca ayuda del gobierno y los desplantes de sus vecinos, los soldados y policías de Burnham.
—Ya ni me hablan. Se arrequintaron porque hace poco vinieron ocho agentes de la Disip y la DIM para ver no sé qué cosa en Morajuana. Aquí en mi casa dejaron sus revólveres. Por el soplo de Normand, un hindú que vive enfrente, no los dejaron pasar. Ese Normand es un contrabandista de pájaros, leche y azúcar. Además, y que es espía de los guyaneses. A mí que me registren.
El comisario venezolano gana apenas 900 bolívares mensuales. Ha aprendido algo de inglés “para andar mosca”. También habla guarao.
—Pero no vale la pena matarme tanto. Nada le reconocen a uno. Para colmo, la casa se nos está cayendo encima. Hace diez meses, se dañó la planta eléctrica. La llevaron a reparar a Tucupita. Todavía la estoy esperando. También pedí una lancha para meter en cintura a tanto guyanés indocumentado. Y que va. Nada que me la mandan. Ni agua potable tenemos. La del río es salobre. A fuerza hay que tomar la de lluvia. Esto se lo llevó quien lo trajo.
La cuñada del comisario tercia en la conversación para reforzar argumentos.
Dominga Abreu, 26 años, de San José de Amacuro, es la única maestra en La Línea. Hace poco aprobó su primer año en normal. Devenga un sueldo mensual de 2.200 bolívares como responsable de la escuelita unitaria, acondicionada en un galpón de madera al lado de la Comisaría.
—Tengo ahora 38 alumnos, 20 hijos de guyaneses nacionalizados o matriculados en este lado. Por aquí, hay como otros 100 niños en edad escolar, pero nuestro colegio es pobre, demasiado pequeño. Cuesta conseguir tiza, lápices, cuadernos. De todo.
Era media mañana. Sin embargo, el sol hacía crujir los oxidados techos de zinc de la Comisaría, el último puesto venezolano frente a Guayana Esequiba.
IV
Sardinas y salchichas en custodia

Con ademanes altaneros, el policía-escribiente de guardia en el palafito de Guyana, nos hizo entregar nuestras cédulas de identidad, visas fronterizas a Morajuana, sólo hasta las seis de la tarde.
Fuimos obligados a permanecer sentados más de media hora frente al retrato gigante de Forbes Burnham y a la caja fuerte con emblema real.
En su inglés “patois”, el agente cooperativista hizo la admonición. Apenas se nos autorizaba ir hasta la aldea arrebatada a Venezuela, para comprar azúcar y leche en polvo.
—Y tienen que reportarse a la estación de policía al entrar y salir del pueblo— exhortó en tono áspero el policía, sin dejar de revisar nuestra documentación. —Todo lo que compren necesita ser confrontado aquí en la estación.
Después, junto con un soldado en impermeable y casco, nos escoltó hasta la lancha para la “revisión formal”. Todo a bordo fue registrado minuciosamente. El timonel Lino Antonio Rodríguez y su ayudante Nelson Ramón Arzolay, estaban indignados.
En poder de los guardias, quedó parte de nuestras provisiones: seis latas de sardinas y dos de salchichas. También un radio transistor y una de las cámaras fotográficas
— Esto lo dejan bajo custodia hasta el regreso.
Y nos permitieron enrumbar río abajo, aunque siempre vigilados a distancia por un hindú mofletudo, amigo de los guardias de Burnham.
Se ofreció “espontáneamente” para acompañarnos en su lancha y ayudarnos a cambiar bolívares por dólares guyaneses.
—El bolívar está a la par del dólar— y le echó cabuya al motor de su bote, pensando quizás en las ganancias de la negociación. —. Tengo una amiga allá abajo con muchos bolívares.
A lo largo del Barima, se ensanchan rutas a nuestra Guayana Esequiba.
En los primeros recodos del río, está Morajuana, el último pueblo en la zona de reclamación.
V
Bajo otro gobierno y otra bandera

Este es el último pedazo de tierra esequiba.
Como atascada en el tiempo entre las revueltas del Barima, la ensenada anegadiza de Morajuana parece zozobrar al fondo de las gargantas rocosas del Atlántico, más debajo de Punta Playa y Punta Guani.
Es la escala final de los caminos fluviales que convergen a la selva desde New Amsterdam y Georgetown. La primera estación de los lanchones y cayucos a motor que descienden por inmensos raudales de Tucupita, Boca Grande y Amacuro, simulando confines donde no deben existir fronteras.
Es suelo nuestro, poblado por pescadores venezolanos, mucho antes de que la monarquía británica cercenara el territorio esequibo y el geógrafo alemán Robert Schomburgk hiciera flamear la insignia real desde Punta Playa en nombre de la reina Victoria, en 1834.
Fue el primer pueblo esequibo usurpado por la Corona inglesa.
Condenada a la incivilización por el colonialismo inglés durante 67 años, sigue irredenta, ahora bajo la administración cooperativista de Guyana.
Hasta su nombre castizo, génesis histórico de su libertad, naufragó hace tiempo a orillas del indómito río.
Los colonizadores la identificaron como Morawhanna en las cartas geográficas adulteradas por la Línea Schomburgk, abandonándola luego tras la componenda jurídica de París.
Todavía hoy, con otro gobierno, diferente bandera, Morajuana sucumbe en lo más recóndito de la selva.
Allí está pobre, desamparada. Casi perdida en los recodos del Barima.
VI
Los soldados de Com-pound

En el extremo noreste del Barima-Amakura, el distrito más distante de Guyana, Morajuana tiene 560 habitantes, una capilla anglicana, una escuelita primaria, un dispensario sin médico ni medicinas y una gran estación de policía.
Ahora hay 25 agentes en el pueblo de casas de tablas, calles de tierra convertidas en inmensos lodazales.
Más abajo, en ruta a Charity, acampan 200 soldados del Ejército y 300 milicianos del Guyana National Service, en estribaciones de Kumaka, puerto de Com-pound, la punta de tierra firme que extiende una carretera engranzonada hasta Charity y Anna Regina.
Com-pound tiene pista de aterrizaje, casa de gobierno municipal, teléfonos, telégrafo y un hospital de dos pisos con 20 camas.
Dos cubanos, Bebo y Quintana, y un filipino, Robert, actúan como médicos. También trabajan para el Guayana National Service.
—Deberían ir hasta allá— y un niño hindú que juega a los naipes con otros amiguitos a un lado del embarcadero, es el único que se atreve a hacer confidencias-. Hay muchos carros y bicicletas. También aviones.
Aquí, en Morajuana, sólo se ven botes a motor. Cada quince días llega un ferry-boat desde Adventure. A veces, viene un hidroavión. Trae comestibles y mercaderías desde Charity y Georgetown.
Los otros campos de aterrizaje próximos están en Punta Guani, Mabaruma, Acarabisi y Santa Cruz.
Las vías más accesibles a Guayana Esequiba son los ríos. Las poblaciones quedan muy distantes entre sí. Todas con pocos habitantes.
En la zona reclamada por Venezuela existen 98 mil habitantes. De ellos 39.079 son hindúes, 25.325 indios pemones, 17.967 negros, 15.957 mixtos y 466 portugueses.
En Morajuana viven 320 hindúes, 160 negros y 80 mestizos, algunos descendientes de venezolanos.
Sin embargo, la población ha ido mermando en la última década en toda la zona esequiba.
Por falta de empleos y recursos económicos, centenares de guyaneses emigran cada año a las aldeas fronterizas de Venezuela. Acosados por el hampa y la miseria.
VII
Sobre la franja limítrofe

A un costado del Roraima, se extiende el territorio esequibo.
Hacia el sureste, la catarata de Kaleteur, 226 metros de altura, una de las más caudalosas del mundo.
Más al norte, en Kamarán, el alto Mazaruni, está la hoya hidrográfica que el gobierno de Burnham proyecta convertir en represa hidroeléctrica sobre más de 390 kilómetros.
Prevista para producir hasta tres mil megavatios, la obra ha sido estimada a un costo de tres mil millones de bolívares.
Venezuela, sin embargo, se ha opuesto en el Banco Mundial a su financiamiento.
Al sur de la franja esequiba, en el propio Lethem, Guyana construyó con Brasil un puente sobre el río Takatú para unir la carretera de Boa Vista con Georgetown. Los brasileños tendrán salida directa por tierra hasta el Atlántico.
Y en el mismo Mazaruni, consorcios canadienses hacen exploraciones petroleras sobre tierra esequiba.
En la exploración de los recursos de la zona bajo reclamación, Guyana desarrolla pueblos, aldeas, caseríos.
También refuerza puestos militares y centros de entrenamiento de milicianos del National Service. Desde Roraima a Caicán y Anacoco.
De este lado, paralelos a la línea fronteriza, sólo vigilan en San Ignacio de Yuruaní dos guardias nacionales.
El Fuerte Militar de Luepa, asiento de un batallón de la selva, es junto con Fuerte Tarabay de Tumeremo, la posición más estratégica en estos contornos limítrofes con Guyana.
Dista más de 200 kilómetros de San Ignacio, al pie de La Escalera, hacia el paso de La Virgen a El Dorado.
Abajo, cuarenta y cinco minutos por carretera, están las instalaciones militares de Santa Elena de Uairén, frontera con Brasil.
También desprotegida, incomunicada.
VIII
Bajo alerta permanente

En los recodos del Venamo, arriba del otro puesto de la Guardia Nacional próximo a Anacoco, está el muelle de Turumban.
Hecho rústicamente con tablas y neumáticos, es la entrada a la senda gredosa que sube hasta la colina militar.
Allí se guarecen los soldados y policías de Burnham en sus fortines de barro, al lado de su inconcluso aeropuerto.
Tres policías y dos soldados, casi todos en short, algunos sin camisa, los pies al suelo, nos dan la bienvenida.
—Vengan amigos— y el agente Winston Kahnny, hijo de hindúes, trata de hacerse entender en un intrincado español. — Pueden bajar a puerto de Guyana
Y locuaz, entusiasta, va presentando a sus compañeros de cuartel. No llevan armas.
En la punta del embarcadero, junto al raso Jacobo Braithwaite que apura su limpieza bucal en una escudilla, observan el cabo James Humphrey y los policías Michael Dueny y Richard Nedd. Todos de origen africano.
—Por favor, nada de fotos— advierte el policía Patrick Eversley que llega corriendo desde la meseta al muelle. —Nos puede traer problemas.
Aceptan complacidos los cigarrillos y fósforos venezolanos.
Pero desean a la vez obsequiarnos. Kahnny troza a cuchillo la pata de un venado que acababan de cazar, “para mis amigos venezolanos”.
—Allá se está muy bien— y ahora hay cierta nostalgia en su voz. —Yo quiero pasar hasta el otro lado, pero no tengo documentos. Si el teniente o el capitán me permitieran ir.
El teniente Capace promete interceder ante sus superiores. Nada, sin embargo, garantiza al agente hindú. No son usuales estas peticiones militares en la frontera.
—Díganle ustedes al capitán— insiste Kahnny. —Sólo iré por dos o tres días. Venezuela es un bello país. Yo quiero ir a Tumeremo. Quizás pueda encontrar amigas.
Al igual que los militares venezolanos, los soldados y policías de Guyana viven aislados en la zona fronteriza.
Muy cerca unos de otros, aunque divididos por la línea absurda del Laudo de París y las contingencias políticas del litigio limítrofe.
Todos bajo alerta permanente. Frente al territorio nuestro en la Guayana Esequiba.

Germán Carías S.

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